Mi Prosa

UNA CUESTIÓN DE TIEMPO
a Felipe, José y Fernando

Se encontraba medio tumbado en la cama, con un caramelo en la boca y la sábana a la altura de los tobillos. A su derecha, una mujer, medio dormida. Los dos desnudos. Hacía calor, o eso sentían.
Estaba pensando, quizá en otras cosas más que en lo que acababa de suceder.
Se levantó para ir a ducharse, pero, en lugar de ir al baño, se dirigió hacia su despacho. Era un lugar desordenado, sobretodo. Libros, casi todos científicos, aunque también novela y ensayo de filosofía; un ordenador de sobremesa, viejo, con pantalla de “culo”; las luces del techo fundidas y una pequeña lámpara que no daba la sensación de alumbrar lo debido; y muchas botellas de agua, de distintas marcas, algunas vacías y otras parcialmente llenas. El ordenador estaba encendido, así que se puso a mover el ratón.
Ella ya hacía un rato que lo estaba mirando, en silencio, mientras fumaba. Seguía desnuda. Se le acercó por detrás y le puso las manos en los hombros, comenzando un leve masaje. Él, de manera mecánica, se llevó la mano que no estaba en el ratón sobre la mano de ella y, de igual forma, la bajó. No hubo palabras. Apenas ruidos.
Vamos a ducharnos, le dijo ella, suavemente al oído. Fue entonces cuando él se percató, con un pequeño sobresalto, de que no estaba solo. Vamos a ducharnos, repitió. Le cogió de la mano derecha y le forzó para levantarse. Y, tirando de él, le fue llevando hasta la ducha, donde se metieron los dos y el agua les cubrió.
Comenzó ella pasando el jabón por todo el cuerpo del él, despacio, sin prisa, recorriendo cada centímetro de su piel. Él, con los ojos abiertos, disfrutaba de aquel momento, de aquellas gotas que caían sobre ellos. Cada gota… Cada segundo… Y parpadeó rápidamente. Ayudó a levantarla. Y, dejando atrás el goce del baño, le dio un beso, un gran beso apasionado. Lo tengo, dijo él. Después acabo mi turno, decía, mientras salía de la ducha, cogía una toalla y se dirigía corriendo hacia el despacho. Ella, con un gesto mitad de frustración, mitad de sorpresa, terminó su baño, se secó y salió como estaba al despacho.
–¿Qué has descubierto? –Le preguntó.
–Todo –dijo él, sonriendo.
–¿Todo? No puede ser –dijo ella contrariada–. ¿También la variable electromagnética de Michelson-Morley?
–No es necesaria.
–¡Cómo que no es necesaria! –gritó ella. Estaba convencida de que sí que lo era. Le ocultaba algo. Quería saberlo. Gran parte de su trabajo sobre el modelo Tippet-Tsang, gran parte de su trabajo, gran parte de su vida dependía de ello.
–No. No lo es. Estaban todos equivocados. Estábamos todos equivocados.
–Habla.
–Nada que no se sepa ya. El tiempo. El tiempo es la clave para viajar por el tiempo.
–Claro que lo es.
–No, pero no como piensas –dijo, mientras se giraba y le miraba a los ojos. La recorrió con la mirada–. Estás desnuda.
–Déjate de insignificancias –ella se estaba comenzando a enfadar–. ¿Por qué el tiempo es la clave en los viajes temporales?
–Está claro: el tiempo es un invento humano –decía mientras parecía que buscaba algo en el despacho–, mientras que el espacio no lo es. El espacio existe, aun sin existir nosotros, como dijo Ockham: “Tempus non est, quod sic homo.”
–Sabes que no sé latín.
Voilà. Aquí tienes la respuesta a todas tus preguntas –le dijo mientras guardaba algo en su puño cerrado.
Ella le abrió la mano, quedándose mirando el pequeño objeto que sostenía.
–Sigo sin entenderlo.
–Fácil –dijo él–. Te explico. El espacio se mide en una unidad que varía en cada sitio que estés del mundo. Para nosotros, el metro. Es sólo una unidad para definir la diezmillonésima de la cuarta parte del meridiano terrestre, calculado por Lagrange y Laplace. Para otros, pulgadas y cosas por el estilo, ni idea; pero será algo parecido. Pero el tiempo no. El tiempo no se mide con tiempo, sino con espacio. Un año, por ejemplo, es el tiempo que tarda el planeta en dar una vuelta al Sol; pero eso no es tiempo, sino espacio. ¡El espacio que recorre la Tierra en dar la vuelta al Sol! –gritaba, esta vez, lleno de dicha–. ¿Y qué hay del día? El espacio que recorre la Tierra en girar sobre sí misma. ¿No lo ves? ¡Es perfecto!
–Lo que dices no tiene sentido. El tiempo sí existe. Mira tu reloj. Son las doce del mediodía.
–No son las siete. Es el equivalente a la circunferencia del planeta dividido en 24 horas. No puedes quedar con alguien y decirle que vas a quedar para tomar café a los 20.038 kilómetros.
–Pero…
–Todo esto significa que hay que sacar el tiempo de todas las ecuaciones que tenemos. ¡El tiempo no existe! –decía mientras se perdía por el pasillo.
Al menos podría haberse vestido, pensó ella mientras se iba al dormitorio, se vestía y cogía algo de ropa de él.
Al poco llegó al garaje donde se encontraron los dos. Ella, sujetando la ropa; él, apretando aquella pieza en una máquina tan grande como un vehículo pequeño.
–¿Me acompañarás? –Preguntó el, todavía lleno de brillo en los ojos, como los de un niño que acaba de recibir su juguete.
–Eh… no… –Buscaba una excusa para darle–. Aún tengo exámenes por corregir…
–Podremos regresar en este mismo momento y corregirlos.
Ella giró la cabeza a cada lado en gesto inequívoco de negación.
Está bien, ahora vuelvo, dijo él, metiéndose en la cápsula. Desde fuera se veía desde el cristal cómo estaba accionando diversas palancas y botones. Y, con un leve destello, desapareció.
Ella abrió los ojos todo lo que pudo al espacio donde segundos antes había estado él. Esperó un minuto. Después, colocó la ropa que le había cogido en una silla.

EL LADRILLO
@JuanJoseTrainer

El compañero se tenía que ir. Ya era tarde, quizá las dos de la mañana. Había estado leyendo un poco. Cerró el libro, puso la alarma en el teléfono e intentó dormir. En vano. Estaba más atento del ruido de la puerta que se debería de haber cerrado. No sucedió. Incluso escuchaba los coches de la calle para distinguir si alguno se quedaba aparcado junto a su casa y así distinguir la puerta que se cerraba de su casa. Pero no sucedió. Y se quedó dormido.
Le despertó el ruido de la puerta cerrarse. Abrió los ojos. Era por la mañana. Había dormido demasiado profundo, no como era habitual. Le costaba levantarse de la cama. Estuvo un rato intentando descifrar los ruidos de la calle: parecía como si hubiera una manifestación o un grupo grande de personas hablando. Respiró hondo y se levantó. Buscó su ropa por encima de la cama y fue a ponerse las zapatillas. En su lugar, había un hueco en el suelo, de diez centímetros de ancho y veinte de largo, aproximadamente. Veía la casa de debajo de la suya desde lo alto de la cama, y la de más abajo, y más abajo, y oscuridad. Inconscientemente miró al techo: además de una araña que estaba colgando de su tela, también el mismo hueco, con las mismas dimensiones y, a través de él, el cielo, síntoma consciente de vivir en el último piso del edificio.
Dio un salto de la cama y fue descalzo a por su compañero de piso. Estaba trabajando en el ordenador, como casi siempre. Le dijo que le acompañase rápidamente, nervioso y casi tartamudeando, a su habitación. El compañero lo hizo si más preguntas. Al llegar, le señaló el agujero. Los dos se quedaron en silencio hasta que el amigo le preguntó que si había escuchado algo por la noche. Respondió moviendo la cabeza de un lado a otro. Al mismo tiempo, cogió una moneda de la mesilla de noche y la dejó caer, viendo cómo desaparecía en la oscuridad. Inmediatamente el compañero salió de la habitación y desapareció.
Al volver, traía en las manos un aparato que se dividía en una caja con numeritos y luces y un cilindro. Le explicó que, el tiempo que estuviera el cilindro en movimiento, la caja emitiría un sonido parecido a un radar. Lo soltó de la caja y empezó a moverlo. La caja comenzó a emitir el sonido. También traía un reloj. Puso el cronómetro y se preparó para ponerlo en marcha. Después, tiró el cilindro por el agujero. La máquina estuvo sonando durante un rato, a la vez que los dos iban contando los “bips” que soltaba y que coincidían con el segundero del cronómetro, hasta que se paró. Cuarenta y seis segundos. Rápidamente recordó la ecuación de la velocidad de un cuerpo en caída libre. No le valía. No quería saber a qué velocidad llegaba a su destino. Buscó por internet alguna otra fórmula. Encontró otra con la distancia como incógnita, y las variables de gravedad y tiempo. Mucho mejor. Metió los datos en la calculadora y la enseñó: 10.300 metros, aproximadamente; 10 kilómetros. Se quedaron en silencio un buen rato.
–¿Qué hacemos ahora?
–Habrá que decírselo a alguien del Gobierno. Aquí ha pasado algo realmente raro.
A la hora de salir de casa y bajar por las escaleras se cruzaron con alguien con un aspecto extraño y que jamás habían visto por allí. No le dieron importancia.
Cuando llegaron a la calle, la sorpresa fue aún mayor: decenas de personas con apariencia similar a la del tipo que estaba subiendo por su piso, buscando por todas partes en la calle; también se les veía por las ventanas de los pisos de sus vecinos. El compañero de piso se acercó a una de estas personas y le dijo que qué buscaban. No sólo no hubo respuesta, sino que, de malas maneras, le empujó haciéndole perder prácticamente el equilibrio. Al levantarse, dijo al amigo que él iba a ir a la policía a ver qué estaba pasando y que el otro buscase la ayuda de alguien de confianza, que, con cualquier cosa, se llamaran al móvil. Quedaron así, y se separaron.
Al llegar a la casa del hermano mayor contó toda la historia de aquel agujero, del nulo ruido al dormir, de la máquina de contar distancias y de la gente que había empujado al amigo. El hermano le dijo que hablase con el compañero a ver si ya se sabía lo que pasaba. Cogió el teléfono y llamó: apagado o fuera de cobertura.
–Diez kilómetros… Diez kilómetros… No hay nada que pueda hacer un agujero de diez kilómetros de profundidad. A no ser que no haya sido el ser humano el que lo haya hecho. Podría haber sido un meteorito.
–No puede ser. La forma del agujero era rectangular, con los lados en ángulo recto.
–¿Qué dimensiones tiene?
–Diez centímetros por veinte, más o menos. Como si fuera un ladrillo que ha caído de canto.
–Vamos a verlo y después me acompañas a ver a un profesor de la universidad que quizá sepa lo que ha pasado.
Se dirigieron los dos al piso del primero.
Ya había desaparecido toda esa gente que buscaba por la calle. Al querer entrar al apartamento, la puerta estaba abierta. Corrieron por la casa y, en el dormitorio, encontraron a aquel hombre que subía por las escaleras a la vez que ellos bajaban, poniendo un especie de alfombra donde debería de estar el agujero.
–¿Qué hace en mi casa? ¿Qué está haciendo con el agujero?
–¿Qué agujero? –Respondió el hombre. Aquí no hay ningún agujero.
El hermano fue a quitar la alfombra, pero el extraño forcejeó para evitarlo. Y fue con la ayuda de los dos hermanos cuando consiguieron quitar la alfombra: no había nada. El suelo estaba perfecto, e incluso no parecía que lo hubiesen arreglado. Se quedaron todos mirando y el hombre, sonriendo y poniéndose en pie, les dijo:
–¿Ven? Aquí no hay nada. Me voy. Adiós.
Al quedarse los dos solos el pequeño le dijo que no se había inventado nada, que el agujero estaba allí y se veía los pisos de abajo. Han arreglado este suelo, pero seguro que no han conseguido hacerlo con el resto. Y salió corriendo a las casas de sus vecinos. Las puertas estaban abiertas, pero no había nada que sugiriese que allí había habido nunca un agujero.
Subió las escaleras lo más despacio que pudo. Al llegar, su hermano le estaba mirando con gesto enfadado. Y, en ese momento, sus teléfonos sonaron a la vez.
–Es el profesor –dijo el hermano.
–Es mi compañero de piso –dijo él.

EL BESO
a Mina

Ella le requirió, señalando con el dedo índice su lado derecho de la cara; parecería que sólo con la palabra de despedida no le valía. Él se quedó observando durante unos segundos. No era algo que le disgustase, aunque no lo solía hacer, empero, aun así, sonrió y se fue acercando lentamente hacia ella. En ese momento le llegó el perfume. Intentó quedarse en la memoria con cada átomo de aquel olor. Una eternidad es el tiempo que esperó para volver a retomar su camino hacia la mejilla de destino. Y, únicamente con los labios como punto de unión entre los dos cuerpos, la besó. Ella había girado la cabeza para que tuviera más superficie apta, haciendo que cada milímetro de los labios de él la tocase. Además, dejó caer todo su peso ante ella, su inercia. Fue poco tiempo lo que duró, o eso creyeron. Se separó rápido, perdiendo la distancia del perfume y comenzó a andar. Pero escuchó algo, como si le hubiera chistado. Se paró. Se giró. Le estaba señalando la mejilla contraria. Respiró profundo. Se volvió a girar. Volvió a andar lo andado hasta entrar en el halo de perfume, su perfume, reconociendo la cercanía, estiró la cabeza y estiró los labios. Ella, esta vez, no le había acomodado toda la superficie facial para el ósculo, sin ladear totalmente el cuello para esta acción. Esto hizo que los labios de él se rozaran con los labios de ella en lo que, bien sabían los dos, podría ser la milésima parte de la diez millonésima parte de un punto. Él no quiso prolongarlo y se fue a separar. Ella, queriendo prolongarlo, en lugar de acompañar el movimiento de él hacia detrás movió ligeramente la cabeza hacia él, regalándole otra milésima parte de la diez millonésima parte de aquel punto que los unía. Él lo notó. Se dio cuenta. Abrió un poco más sus ojos y se quedó quieto esperando algo más por parte de ella. Todavía seguían unidos por dos milésimas de diez millonésimas partes de un punto de apoyo, con los labios acariciándose y sin movimientos por ninguna de las partes. Entonces fue cuando él se dio cuenta que ella cerraba los ojos, así que él hizo lo mismo y, sumido entre todo su perfume, sin ningún ruido alrededor, buscó con sus labios los de ella. Y ella hizo lo mismo. Y los dos acabaron de juntar sus labios para finalizar con ellos juntos, teniendo que ladear suavemente las cabezas para no entorpecerse. Y los dos se dejaron caer sobre el otro. Él rodeó esta vez la cintura de ella con sus brazos, agrandando la superficie que sentían mutuamente. Ella puso los suyos tras él, atrayéndole más hacia ella. Ninguno de los dos se movió. Quizá estuvieron toda la vida así.

No se sabe cuándo comenzaron a separarse los labios, no los cuerpos, echándose hacia atrás las cabezas, hasta dejar de compartir aquel maravilloso punto. Abrieron los párpados casi en el mismo instante y se miraron a los ojos.

LA FLOR
A todos mis compañeros de la academia

Nada más despertar me acercaba a la ventana, siempre era la misma hora.

Aquel día llovía. Fui andando hacia el cristal, despacio, disfrutando el recorrido hasta allí. El sonido de aquella mañana era quizá más atronador que el anterior, con algún trueno que se escapaba de lo más alto de las nubes.

Pensé que ese día ella no podría estar allí, de pie, junto a la ventana de mi casa.

Me equivoqué. Nos quedamos mirando en dos ambientes absolutamente distintos. Yo, en pijama, sin lavarme la cara, despeinado y con la taza de café caliente en la mano. Ella totalmente calada su ropa, pegándose a su cuerpo, con su cabello morado tan mojado que el tinte se le escapaba lentamente por su piel, con los hombros caídos y la mirada triste.

Los minutos pasaban, aunque no cesaba la lluvia de caer.

Despacio levantó su mano izquierda. Llevaba la flor de cardo. Su color era el mismo que se le estaba yendo con el agua por su rostro. Tenía que ponerse de puntillas para poder dejar aquella planta en el alféizar de mi ventana, empujándola con las yemas de los dedos. Esta vez se hizo un pequeño corte con sus espinas.

Cuando regresó a su puesto inicial miró su dedo. Estaba sangrando. Y me miró de nuevo mientras entre sus labios albergaba la sangre de su herida.

Con la mano derecha me dijo adiós. Se giró y se fue corriendo.

Yo me quedé mirando la calle desierta con sus pequeños ríos de lluvia en las aceras durante tanto tiempo que perdí su propia noción.

Cuando terminé el café abrí la ventana. Hacía frío. El contraste del calor que salía de casa hizo que se me erizase la piel. Con cuidado cogí aquella flor y rápidamente cerré la ventana para no mojarme. Me quedé mirándola. En alguna parte habría átomos de ella y ahora estaría más cerca suya que nunca.

Fui a la cocina. Agarré el bote e intenté meter la flor del cardo, pero ya no cabían más. Cogí otro bote vacío y lo empecé con aquella flor.

JEFF
A Roberto Valero Llorente

Estaba perdido. Apenas vio las dos estrellas en lo alto del cielo a mediodía se dio cuenta. Además, no recordaba mucho de los últimos días que había pasado. Intentó recordar. Nada. Observó su propia ropa. Estaba limpia. Se tocó la cara y tendría barba de dos o tres días. No tenía hambre. Parecía que no había pasado mucho tiempo desde que perdió la memoria. Se metió las manos en la gabardina y frunció el ceño. Por el tacto parecía algo de madera, de tamaño suficiente para cubrirlo prácticamente con la mano. Lo sacó y se quedó mirándolo. Era un octaedro.

CARTA DE DESPEDIDA
a José María López Sanz

“En un rincón sin luz, sintiendo la más profunda oscuridad, escribo estas líneas de una carta que quizá no escriba a ninguna persona porque ninguna persona tenga la necesidad de que por ella sean leídas.
Hace ya tiempo que por mis manos pasa el dolor de un tiempo que puede que no sea el mío, una gratitud sola que de tanto gritar se deje de oír. No sé cómo expresar todo esto que siento, toda esta beldad que me obliga a salir.
Un día regresé, cansado y abatido, viendo una blanca paloma en un suave despertar, y esa pequeña avecilla, que parecía que me miraba, batió las alas tan rápido que más que volar la vi por mis sueños pasar.
Desde aquel día mis sueños fueron otros: pasé de querer ser alguien a no querer ser nadie nunca más. Ni honor, ni dinero, ni tiempo. Sólo, sólo, transformarme en un sueño, una ideal que de la mente pasa al cristal.
Dediqué todo mi tiempo en números, ecuaciones, investigaciones y demás, y por más tiempo que pasaba, más tiempo parecía quedar.
Ya han pasado los años. Soy viejo o eso parezco ser. Y lo he conseguido, o eso parecer parecer. Nada de viajes en el tiempo. Nada de viajes a otros mundos. Mi descubrimiento es otro: viaje al sueño, viaje al sueño más profundo.
Te esperaré, allá, como siempre me pensaste. Duerme tranquila. Adiós.”

EL REO
a Diego Pérez Samino

Sí, era culpable. O, al menos, lo fue. Lo fue cuando hace tiempo cometió aquel delito. Aquel delito que le hizo perder la libertad. Esa libertad que ahora tanto echaba de menos. No recordaba cuánto tiempo hacía que estaba en este lugar. Ya no recordaba el color verde de la hierba mojada del parque de enfrente de su casa, ni su olor. Aunque no tenía que ponerse tan poético. Tampoco el ruido de los coches al pasar por la calle más transitada de la ciudad. Ahora sería más que un regalo. La contaminación, el estrés, todo de lo que la gente huía, todo. Todo lo echaba de menos.

Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la fría pared de hormigón. Estaba húmedo. Notó la humedad en el mismo momento que la cabeza tocó la pared.

Al abrirlos, vio lo de siempre: la misma pared desnuda, el mismo camastro incómodo, el mismo retrete frío. Sin ventana para poder sentir el calor del sol en su piel al despertar, sin escritorio donde poder escribir una carta o leer un libro, sin nada con lo que poder distraerse.

La comida la recibía por una portezuela donde tenía que dejar el plato anterior. La higiene, desconocida.

Demasiado tiempo para pensar en aquel lejano día en el cual no tendría que haber salido de casa. Demasiado tiempo para pensar. Demasiado para no pensar. No pensar. Casi lo prefería. Mirar tranquilamente todas las imperfecciones de la pared de hormigón. Se fijó en una de ellas: un pequeño punto negro. Se fijó aún más. No era negro. Era más un punto brillante que negro. Acercó su dedo índice. No había nada que perder. Lo tocó. Estaba frío. O debería haberlo estado puesto que su dedo atravesó la pared. Siguió empujando hasta haber atravesado el hormigón. No fue así. El frío le congelaba la mano. Todo el brazo.

En ese momento se abrió la portezuela de la comida. Esta vez era una masa informe amarillenta.

La observó a dos metros de distancia con el brazo perdido en alguna parte. Respiró profundo. Dio un paso hacia atrás y se impulsó hacia adelante. El frío le traspasó todo el cuerpo y desapareció tras la fría pared de hormigón, tras un punto que era más brillante que negro.

LIBROS
a Fernando Pérez Casas

No podía para de leer, cada palabra, cada párrafo se le anclaba a lo más profundo de su pensamiento. Un libro. Otro. Otro más. La ausencia de conocimiento que tenía hasta entonces había hecho que ahora una nueva sed desconocida no parase.
La pequeña biblioteca de su hogar era poco. Necesitaba más. Rebuscó por todos los rincones cualquier libro: de cocina, enciclopedias, cuentos infantiles, instrucciones de electrodomésticos. Hasta que llegó el punto en que todo lo que tenía en casa había sido leído.
Así que en su nuevo afán lector, se dirigió a la biblioteca de su zona. Nada más entrar un halo enbriagador le atravesó el cuerpo, un momento de fascinación, un orgasmo de palabras. Y comenzó a leer un libro al azar, sin haberlo buscado. Y antes de que cerrasen el establecimiento ya había leído media decena de ellos. Otros tantos se los llevó a casa mientras la biblioteca cerraba. Esto mismo lo repitió hasta que ya no tuvo más ejemplares que leer. Había acabado con todo tipo de géneros: literatura, ciencia, filosofía, política, matemáticas, poesía, e incluso con las revistas que estaban expuestas para el tiempo de asueto de los estudiantes. Pero se acabaron. Así que fue a otra zona cerca de la suya, pero los libros que allí se encontraban eran los mismos que de donde venía.
Triste, empezó a leer cualquier cosa que caía a sus ojos, cualquier folleto publicitario o estampa. Ya en su casa, mientras comía, leía  los componentes de los alimentos; en la ducha, los de los productos de higiene personal. Y así, deprimido, se durmió, soñando con palabras que se cruzaban por su cabeza.
Se despertó rápidamente, sin siquiera lavarse, con las ropas sucias y descuidadas, y corrió por las calles hasta que llegó a su destino: un edificio alto y majestuoso: la Biblioteca Nacional. Le costó numerosas diligencias burocráticas, aunque al fin, después de tanto, logró entrar. Lo que allí se encontró fue el lugar más maravilloso que en su vida había imaginado: un mundo de libros. Desde donde estaba podía verlos y por más que se movía, estantes y estantes por doquier. Libros, libros y más libros.
Lo malo fue cuando se dio cuenta que los libros de la Biblioteca Nacional no podía sacarlos de allí. Por consiguiente, mientras estaba abierta la biblioteca, leía lo más rápido que podía para poder ponerse con otro lo antes posible; y cuando estaba cerrada, la espera le hacía que apenas tuviese tiempo de pensar  en comer, lavarse o dormir. Día tras día, su hambre lectora iba aumentando y su dejadez vital ayudaba a que su vida se fuese apagando.
Debido a su mal olor corporal, la gente a su alrededor en la Biblioteca Nacional se fueron quejando al funcionario, el cual les decía que no podía hacer nada por echarle puesto que tenía el mismo derecho que ellos a estar allí. Pero, debido a todas esas insistencias, el joven funcionario se dio cuenta de su existencia.
Fueron pasando días, semanas, meses, y el trabajador no dejaba de dar vueltas a su cabeza por la historia de aquella persona que no paraba de leer cualquier cosa que le llegase a sus manos y del cual su apariencia era más que despreocupada, con mala higiene y ropas sucias. Hasta que llegó el día que estando leyendo se acercó. Se le quedó mirando, escrutando su imagen: arrugas en la piel aun cuando no aparentaba mucha edad, extrema delgadez, mal olor, ropas sucias, rotas, viejas. Fue después cuando el funcionario le dio un par de toquecitos en el hombro para llamar su atención, aunque ésta fue denegada en un un primer instante. Con insistencia le volvió a llamar. En el momento de escusarse se miraron a los ojos. Sus ojos eran caso aparte, llenos de vida, de brillo, ávidos de más conocimiento. Y fue ahí cuando se rompió el hielo al preguntar si le podía hacer unas preguntas.
-Sí.

LLUVIA

Miró hacia el cielo en el instante en el que le cayó la primera gota. Apenas pudo parpadear cuando una segunda le tocó casi en el mismo punto de la frente. Su cabeza seguía en la misma posición mirando las oscuras nubes cuando esas dos gotas de lluvia comenzaron a bajar por su rostro lentamente. Ahora sí cerró los ojos. La caricia de aquellos dos pedazos de mar le recordaba a sus manos, a sus dedos recorriendo su cuerpo después de hacer el amor. Fue disfrutando la nostalgia del recuerdo hasta que las dos se fusionaron en una sola y se precipitaron al vacío desde su nariz. Se quedó un momento más con los ojos cerrados y de nuevo los abrió. Había sido como un viaje al pasado, un nuevo sentimiento de felicidad. Cerró la gabardina hasta cubrir el cuello. La calle estaba vacía y vio a unos pasos un banco de madera. Antes de dar el primer paso otra gota de lluvia se suicidó en la gabardina. Y otra. Y otra más. Miró hacia el cielo otra vez. Seguía totalmento negro y ahora estaba lloviendo. En un minuto su cabello se quedó totalmente mojado, igual que la gabardina y los zapatos. La calle estaba vacía y el banco de madera totalmente mojado. Cerró los ojos. Los abrió y dio su primer paso.

DESPERTAR

Al despertar se giró sobre la cama. La mancha que había sobre la almohada era más grande de lo habitual. Se asustó. Rápidamente salió de casa y fue a la del doctor.
-Te he dicho mil veces que no vengas a mi casa.
-Lo sé doctor, pero es que hoy ha sido más abundante de lo normal.
Se quedó pensando el médico vestido sólo con su albornoz y con un pie en la calle. No sé, dijo, no debería ser importante. Vuelve y tranquilízate.
No parecía muy convencido, aunque le hizo caso y regresó a casa. Ya allí tomó un libro e intentó dormir. No pudo. La jaqueca comenzó duramente a crecer dentro de su cabeza. Tengo que distraerme, pensaba, tengo que distraerme. Y antes de que pudiera reaccionar cayó inconsciente al suelo.
Al despertar se giró sobre la cama. La mancha que había sobre la almohada era más grande de lo habitual.

ADIÓS

No puedo más que pensar en las hojas secas de los árboles cada vez que te miro, te oigo, te siento y no te veo junto a mí. Hoy estabas en mis sueños más profundos, junto a unas posidóneas torcidas e injustas. Y yo que quería darte la mano y el océano te separó de mí.
E incluso en sueños sueño lo mismo. Dolor y lágrimas que paso a paso caminan hacia ti. Ni tú no yo ni nadie sabrá nunca -y lo digo en alto- que mis pensamientos más hermosos me impiden seriamente sonreír.
Hoy no hay versos. No. La poesía se ha acabado esta noche hasta el fin.

Adiós. Adiós. Adiós.

EL ATARDECER

Se quitó la chaqueta. El calor que tenía no era normal en aquella época del año. Al hacerlo vio que sobresalía de uno de los bolsillos su teléfono móvil. Lo miró. Engañándose, se levantó al frigorífico a por algo fresco para beber y regresó al salón.

Tras el cristal atardecía. La luz vespertina del principio de la primavera era más azul que naranja. Hacia dentro no se veía ninguna luz. Él seguía sentado en uno de los sofás con la mirada perdida en la ventana.

Volvió a mirar el teléfono. Esta vez sí lo encendió. La pantalla estaba tan apagada como él. Sin ganas lo dejó a su lado para ponerse a continuación a beber.

Pensó en ella. En lo mucho que le gustaba. En lo mucho que le gustaría verla de nuevo, charlar, mirarla a su extraordinaria sonrisa. Cerró los ojos e intentó recordarla junto a él. No pudo. Ya sus recuerdos estaban difusos. Quizá, si ya no estaba allí, estaría en los recuerdos de otro. Miró de nuevo el móvil. Nada. Volvió a mirar por la ventana. Nada.

Se levantó de nuevo. Encendió la luz. Giró la cabeza buscando algo: la televisión, un libro, una película, el ordenador… Pensó en darse una ducha, en ir a dormir, en comer algo, en salir a caminar bajo las cálidas farolas de la ciudad… La soledad le estaba volviendo loco, o quizá cuerdo.

Y pensó en ella de nuevo. En lo mucho que le gustaba su sonrisa. Así que apagó la luz y en la oscuridad relativa de un apartamento de ciudad se quedó en silencio.

Y pensó en ella.

……….

EL VIAJE

El viaje estaba siendo más pesado de lo que recordaba. Dolor de cuello, de trasero; sin poder dormir un poco debido a su maldición en los medios públicos de transporte.
Recordó que tenía unos cascos para escuchar algo. Se los puso e intentó distraerse. Nada.
El sol estaba cayendo lentamente a su derecha. A la izquierda pedazos de una meseta que lentamente se iba poniendo más parduzca desde el verde brillante anterior.
Entonces giró la mirada a la butaca junto a él. La miró. Dormía. Intentó descubrir algo de ella por los detalles. Piel blanca, una pequeña herida en el labio superior, gafas de marca, cabello liso y con coleta, reloj dorado, uñas pintadas con el color ya quitándose. Intentó deducir como si fuese el mismísimo Sherlock Holmes: habrá venido a pasar el fin de semana porque se pintó las uñas en casa y ya se está quitando; gafas de marca y reloj bonito, regalos, seguramente de quien había ido a visitar; la piel clara significa claramente que había estado expuesta muy poco al sol, o sea, que no había salido a la calle pues el calor había sido agobiante; la herida del labio… ¿Pelea? ¿Golpe?
Ya con el sol bajo el horizonte se dio cuenta de que todos miraban al este. Montañas. Unas montañas no muy altas, pero totalmente nevadas. Muy bello. Y se quedó observándolas tan tranquilo que se quedó dormido.
Al despertar, todo el mundo estaba de pie recogiendo las maletas. A su lado, el asiento vacío. Así que recogió sus cosas y bajó del autocar.

……….

EL DESPERTAR

Al abrir los ojos un ruido me impactó directamente en ellos. Pude reaccionar. Pude resistir el embriagador sentimiento de la derrota. Pero no, volví a cerrarlos  e intentar dormir. La cama estaba caliente y aún no entraba luz por la ventana.
Creí recordar que soñaba con un árbol y un libro por lo que intenté volver allí.
Pero esa no era la postura ideal. La cambié y forcé el sueño.
No sé cuántas veces lo intenté. Abrí los ojos y seguía oscuro. Un suspiro. Otro. Me levanté y fui a la cocina a por un vaso de agua fría.

  • http://poemas.grup6.com Joan

    Hola Carlos, he aterrizado por tu web mirando poemas y debo decirte que haces un buen trabajo.
    Si te interesara publicar uno de los míos, podemos hacer un intercambio.

    Saludos.
    Atte. Joan

  • jfpc

    Hola Carlos, aunque no nos conocemos, me atrevo a decirte que tu prosa es buena. Continua escribiendo!

    • http://www.mipoesia.com Carlos

      Gracias jfpc. No me interesa tanto que sea buena como que les guste a quien la lee.